Asado catártico.

“El Asadito”, expone a partir de un típico asado argentino una mirada crítica sobre la clase media del país que invita a la reflexión. Tal como afirma, su director Gustavo Postiglione, la película ofrece una interesante fotografía sobre el modo de ser del argentino que vive en ciudades como Rosario o Buenos Aires. [1]
El asado es una de las prácticas culinarias que los argentinos suelen destacar como un verdadero aporte a la historia de la cocina. Se sabe que difícilmente pueda ser considerado como un invento argentino. Después de todo la cocción de carnes a las brasas es tan antigua como el fuego. Ahora bien, el asado como ritual excede con creces el método de cocción en sí y en ese exceso se manifiesta el valor simbólico que tiene para los argentinos que lo reclaman casi como propio. Pensándolo como un espacio de encuentro, con sus características particulares y sus normas preestablecidas puede ser reconocido como una contribución argentina al maravilloso universo de la gastronomía.
“El Asadito” de Gustavo Postiglione, retrata el encuentro de unos amigos que se reúnen para celebrar el nuevo milenio y narra los diferentes avatares que constituyen la experiencia de un asado. Si bien, tal como indica su director, la película no debe ser interpretada como una suerte de metáfora de la Argentina, el film narra con profundo realismo y por momentos con cierta amargura, algunas de las características del ser nacional que se manifiestan en el encuentro alrededor de esta costumbre. Cabe destacar aquí, que “El Asadito” no es un homenaje alegre al asado como un estereotipo de las bondades de los argentinos sino más bien una dura crítica social a cierto sector de la clase media. Sin embargo, la mirada que propone el film sobre el modo de ser de estos personajes un tanto misóginos y soberbios permite ciertos espacios en los que pueden verse retratado el espíritu amistoso que esconde esta costumbre tan argentina. Así, la historia muestra: la comunión más allá de las diferencias y carácter sacro de la mesa compartida en torno a una parrilla.
“El Asadito” introduce al espectador en un asado cálido y cotidiano, pero también amargo y melancólico. Desde el principio, los giros lingüísticos, y modismos utilizados nos pintan una mirada sobre el ser argentino. El film comienza con la llegada de los invitados y una frase que sobresale: “¿Cómo venimos?” esa pregunta referida al estado del asado, parece recorrer todo el relato: ¿En qué estamos? y ¿Hacia dónde vamos?
La historia, que empieza poco antes del mediodía y termina cerca de la madrugada, muestra las venturas y desventuras de cada uno de los personajes a medida que trascurren las diversas etapas de un día entero dedicado a la comida y a los amigos. Las conversaciones entre pequeños grupos y cómo estas configuran ese momento tan especial, que se produce antes de sentarse a la mesa. En esa instancia previa, no pueden faltar las eternas discusiones sobre el asado y la mejor forma de prepararlo. Luego será el turno de los diálogos sobre las mujeres y las mujeres del otro, sobre historietas y cine, sobre el trabajo y la vida que se integrarán en esa gran mesa en la que habrá un lugar para el invitado sorpresa. En el asado siempre hay lugar para uno más.
Las charlas de la sobremesa, como suele suceder, paulatinamente se vuelven intensas y por momentos casi ásperas. Las conversaciones genéricas y quizás intrascendentes dan lugar a las discusiones ideológicas y a las verdades ocultas. La pregunta inicial: ¿Cómo venimos? adquiere un carácter dramático y los personajes exponen su costado más patético y vulnerable. Pero luego de estas efusivas erupciones, el clima vuelve a ser el del comienzo. Los protagonistas quedan detenidos en el tiempo. Todo transcurre como en un asado. Lo cotidiano deviene en mágico sin perder cotidianidad. El asado está a punto para la reflexión.
[1] Artículo publicado en Gastronómica de México (No.31)

