Sueños Modernos: Cuarta parte

Jueves, Junio 3, 2010
Por Juan Pablo Cantini

Hogar dulce hogar[1]

Todo artefacto se inscribe en un relato, en un modo de ser, dentro de una cosmovisión. Para comprender sus alcances es vital reconstruir el tejido de significación en el que se encuentra inmerso. Un electrodoméstico, tomemos por caso una licuadora, poco puede decirnos por sí solo. En cambio, si ingresamos en ese universo podremos vivir esas innovaciones desde adentro, en sus tiempos y sentidos. Para comprender y analizar el impacto que tuvieron los artefactos de cocina en las prácticas culinarias modernas conviene retrotraernos a su idea fundante, que surge con la modernidad y adquiere un valor capital a principios del siglo XX: la promesa del confort.
El adjetivo confortable define un estado de bien estar material. Así mismo cuando se dice que un objeto es cómodo se está diciendo que el mismo es conveniente, fácil, y sobre todo útil. El confort, idea moderna y burguesa, es el atributo que transforma una casa en un hogar. Un espacio cálido y feliz que oficia como una suerte de refugio en el que los integrantes del clan familiar se sienten a gusto y protegidos de las penurias y dificultades de la vida industrial. En ese contexto los electrodomésticos ocupan un papel capital. Esa es precisamente su promesa: agilizar y facilitar la vida doméstica y el tiempo de ocio en el hogar.
Para adentrarnos en la importancia que cobraba el confort en los años 50 conviene traer aquí un curioso film francés de la época: Mi Tío (Mon oncle). Esta película, dirigida e interpretada por Jacques Tati, desarrolla una curiosa y ácida sátira sobre la vida moderna y los problemas que generaban en aquella época los primeros electrodomésticos. Así, desde la ironía, retrata la obsesión de la acomodada familia Arpel por el confort de su hogar. Un espacio muy moderno, en el que todos los ambientes se comunican pero paradójicamente, debido a los ruidos constantes de los diversos electrodomésticos, sus habitantes viven en la incomunicación. Durante todo el relato, la dueña de casa vive para limpiar puntillosamente su hogar y se lo enseña con orgullo a cada una de sus visitas. Así vemos como esta mujer, al borde del absurdo, resalta las cualidades de su casa y muestra su cocina como: “El lugar donde mando yo”. Un hogar en el que los electrodomésticos pierden funcionalidad y en vez de facilitar la vida, la complican.
Si tuviésemos que elegir la época dorada de los artefactos domésticos indudablemente quedaría asociada al periodo de posguerra en Estados Unidos. El sueño americano se sustenta en la producción industrial de bienes duraderos y en el trabajo del buen hombre, pero también en la figura del ama de casa que sostiene ese hogar feliz. En una época previa a la liberación femenina y aún profundamente machista, la mujer se ocupaba casi exclusivamente de las tareas del hogar. A ella apelaban los viejos vendedores ambulantes de electrodomésticos. La idea era facilitar esas tareas que en ese entonces no eran reconocidas como un trabajo. Recurriendo nuevamente al cine, conviene traer aquí a “The prize winner of Defiance, Ohio”. Esta película, basada en la historia real de Evelyn Ryan, retrata los valores morales que guiaban el espíritu de los años 50.

Evelyn Ryan (Julianne Moore), una madre de doce hijos con un marido alcohólico, lucha por sacar adelante a su familia a partir de concursos de rimas para jingles publicitarios durante las décadas del 50 y el 60. La tenaz mujer gana, entre otros premios, un gran congelador, una trituradora de hielo, una lavadora y un día de compras en una tienda de comestibles. En esta agridulce comedia dramática los artefactos y utensilios domésticos que la mujer obtiene una y otra vez son representados en todo su esplendor y configuran la erótica del confort en sus múltiples acepciones. Así, a partir de los coloridos jingles que escribe Ryan vemos desfilar: licuadoras, procesadoras, tostadoras y heladeras, como verdaderos objetos de deseo.
El valor simbólico de los electrodomésticos excede ampliamente sus funciones prácticas. La historia de estos artefactos expresa los sueños más profundos del hombre moderno. Ahora habrá que estar atentos a los relatos de los juguetes tecnológicos del siglo XXI


[1] Artículo publicado en Gastronómica de México (No.30)

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