El cuento de la buena pipa
La búsqueda de las raíces autóctonas, de lo esencialmente argentino forma parte del ser nacional. Pretendemos encontrarlas en un lugar y tiempo preciso. Actuamos como si la identidad estuviese oculta en un paquetito cerrado, sellado, listo para tomarlo y presentarlo con orgullo al mundo. “Señores aquí está, esto es lo argentino. La esencia que estábamos buscando”. La raíz de nuestros anhelos y nuestras decepciones. El secreto de nuestro pasado que esconde el proyecto del futuro de la Argentina. En esta búsqueda, objetivamos la cultura y la identidad. Perdemos de vista los procesos identitarios, el conjunto de relaciones que constituyen la argentinidad. Presos de esta obsesión intentamos ir hacia el origen, como si hubiese una única respuesta posible al dilema de la identidad. Sin embargo, nada calma nuestra ansiedad. Si llegado el caso, alguien se atreve a esbozar una definición de “lo argentino” se lo ataca sin piedad: “No señor, ahí no esta lo argentino”. Múltiples argumentos y contra argumentos comparten y surgen de esta idea: la argentinidad, como la cultura, debe estar en un lugar concreto y tangible. En una suerte de compartimento estanco, independiente de cruces, préstamos y apropiaciones.
Conocemos la importancia que ha tenido el mestizaje en la configuración de la sociedad argentina, hemos escuchado y usado hasta el cansancio la expresión “ Crisol de Razas” para definir la población nacional, sin embargo este concepto no suele alcanzarnos cuando nos embarcamos en la búsqueda de una esencia perdida, que ya es hora de decirlo : no existe. No hay una identidad por fuera de los cruces culturales entre los diferentes grupos étnicos que componen la Argentina. Asimismo, no se puede definir “lo argentino” si no es en relación con otro término que aluda a lo “no argentino”. Esto puede resultar evidente, no obstante cada vez que se abordan las cuestiones de identidad, parecemos olvidarlo. Este olvido es particularmente recurrente a la hora de definir la gastronomía nacional. Cada vez que se ensaya sobre este tema, se intenta vanamente despejar del camino todo aquello que pueda se considerado una influencia foránea. En ocasiones, pareciera que no podemos tolerar la mixtura de aromas y sabores que componen la gastronomía argentina. Clasificamos y separamos rápidamente los distintos aportes gastronómicos de las diversas corrientes inmigratorias y, desesperados, nos embarcamos a la búsqueda del verdadero aporte argentino a la cocina mundial.
En esa vorágine, la necesidad de una “esencia” se manifiesta nuevamente y nos olvidamos de modos o hábitos de consumo para concentrarnos en los platos en sí. De esta manera, una costumbre como el asado puede ser fácilmente descartada. Después de todo, cocinar a las brasas es una práctica muy antigua que difícilmente se puede considerar como un auténtico aporte de la gastronomía nacional. De un modo similar podemos eliminar la pasta familiar del domingo. Puesto que el origen de la misma es italiano y las reuniones familiares son claramente internacionales. Este es el enfoque, que parecen repetir una y otra vez casi todos los cronistas y periodistas gastronómicos a la hora de describir la cocina argentina. Tema que suele repetirse cíclicamente en cada una de las fechas patrias.
La estrategia funciona así, se eligen uno o varios platos que devenidos en estereotipos de la cocina nacional son considerados “verdaderamente argentinos” y se desmenuzan una a una las diversas razones por las que esas preparaciones culinarias no son lo que parecen. Así, se argumenta que en realidad estos platos son elaborados en otras partes del mundo o que son deudores de tal o cual influencia extranjera. Luego se rastrea en la historia de la gastronomía algún plato lejano y se deposita allí “el alma” de la gastronomía nacional. La ecuación es sencilla, cuando más oculto y antiguo sea el plato más argentino será el mismo. Poco importa si es consumido en la vida cotidiana. Para ese enfoque la identidad no puede estar en las prácticas diarias. Encerrados en definiciones esencialistas y obsesionados con la búsqueda de una raíz, descartan la superficie de lo cotidiano para embarcarse en la fantasía de lo profundo, o al menos de lo que consideran como tal. Luego, para completar sus crónicas y dotarlas de cierta vitalidad y actualidad, sin caer en cuestiones diarias, consultan cocineros de renombre para que les proporcionen los platos elegidos con las formas de la alta cocina. Creer o reventar, será cuestión de esperar a la próxima fecha patria.



Juan Pablo,
No puedo estar más de acuerdo contigo. Esta cuasi obsesión por hallar la nacionalidad deconstruyendo -en uno, dos o tres párrafos- platillos que han tardado décadas en amalgamarse, me parece simplista y pobre. No hay gastronomía sin contexto. Y es lo mismo para cualquier otra manifestación cultural. También cabría preguntarse si hoy en día la cocina precisa de nacionalismos. Saludos desde México, andamos en las mismas búsquedas.
Luza
Muy interesante. Hay una esencia perdida? O nunca tuvimos esencia porque descendemos de los barcos? Como dijo alguna vez Octavio Paz, “los argentinos son italianos que hablan español y se creen franceses”. Habría que agregarle “y que ultimamente empiezan a reconocer su latinoamericanismo”. O sea, una verdadero ensalada de frutas. Eso se traslada también a la comida. ¿Cual otra podría ser la identidad gastronómica de los argentinos sino la combinación caótica de todo eso? De todas formas creo que la comida italiana fue la que más pegó por estas tierras. A excepción del asadito sagrado de los domingos, vivimos mayoritariamente a pasta en todas sus variantes) y pizza. Como si fuera poco a una comida inventada acá le pusimos nombre italiano. La famosa milanga a la napolitana que no tiene nada que ver con Nápoles sino que fue inventada en un restaurant de Buenos Aires que se llamaba Napoli que quedaba frente al Luna park.
Me encantó la nota Juan, muy bien escrita y muy cierta.
Me gusto mucho Cantini, buen tema para discutir frente a un buen vino “Argentino” jeje. Creo que el Chauvinismo se ve claramente reflejado en la gastronomía y no podría de ninguna manera dejarse de lado en un país tan patriota como Argentina que trato de persuadir a su gente para darles una identidad propia y no ser …”Italianos que hablan español y se creen franceses”… como bien dice Federico, es más una persuasión con sentimientos que con razones.Siga así Cantini!
Excelente nota y apasionante tema para discutir largo y tendido, por eso nosotros ya empezamos aportando un granito de arena con las carnes autóctonas….
saludos